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Espacio de OswaldLos avatares de un millonario venido a más |
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June 12 La dieta es un tesoroDisculpad, queridos lectores, por este abismal hiatus con respecto al anterior post. No sólo me llamaba el deber de fimar y cerrar diversos tratos, también el placer, la elegancia, el lujo canalla y sibarita que me han tenido ocupado durante estos últimos meses. Desde un viaje por el Lejano Oriente con parada obligada en casa de Yukio para la festividad imperial de la flor del cerezo de su familia con previa agasajo en Mibu, a un recorrido glamping por diversos espacios desérticos, con una parada obligatoria por invitación/sugestión de Pinault en su casa veneciana durante la Biennale. Historias todas dignas de ser narradas más adelante.
Tras desplegaros mi amor por el Mediterráneo la última vez que os escribí, áquel no terminaba ahí. Existen dos cuestiones que me gustaría resaltar y que a su vez hacen que esta pasión vaya in crescendo con el tiempo. Por un lado, sus magníficos sillones centarios y destreza con la navaja de sus barberos –hecho que exige un apartado extra; y por otro, su preciada y soberbia comida, todo un arte en el comer. Pues en el Mediterráneo comer no es un trámite, sino un acto de sensualidad que intento apurar hasta el fondo por varios motivos que aquí os voy a relatar de forma sucinta:
Por sus alimentos. Nos ha tocado un buen sitio en el planeta: clima templado y el mar omnipresente, de norma que la primera característica de la dieta mediterránea es su enorme variedad de alimentos. Por su cocina. Cuando la materia prima es excelente las recetas elaboradas y las listas interminables de ingredientes sobran. El lujo está en la sencillez: las formas de cocción no son el objetivo, sino una fórmula de respeto al sabor original de los alimentos. Por sus hábitos. Que las mujeres de la cuenca del Mediterráneo hayan tardado más en incorporarse al mercado laboral es una mala noticia para ellas. Pero he de ser sincero: nunca podré agradecer lo suficiente a mi bambinaia, cuando recalamos durante unos años en Pantelleria durante mi infancia, su contribución a desarrollar mi sensualidad… ¿gastronómica?. Por su cultura. Comer significa un parón en la actividad y cambiar de escenario, lo que en términos de salud significa que el organismo libera sustancias que inciden positivamente en el estado de ánimo. Por su apartado para el vino. La famosa “paradoja francesa” demostró el eficaz cardioprotector de su consumo moderado. Una buena noticia para el vino, estrechamente ligado al patrón familiar Mediterráneo y presente en la mesa.
May 12 El MediterráneoUna mujer bronceada de cuerpo esbelto vuelve a pasar brincando, por tercera vez en menos de una hora, con otro traje de baño. En lugar del bañador de una pieza de Pucci –poco gusto vi en ella–, esta vez es un biquini rosa con volantes retro que me lleva a la Capri de los setenta. El ruido de las batidoras triturando sandía junto con un chorrito de vodka compite con la voz de un calvo con gafas oscuras que habla por el móvil: “¿La familia Ferragamo? ¿Que viene para acá?”. Su voz ronca y molesta se apagó en cuanto mi móvil sonó y atento a mi conversación se enteró de que quien venía era la princesa de Kuwait, y no precisamente para verle a él. Pobre crédulo. Otra nota que se incorpora al sonido ambiente: la llamada de la oración sale resonondo de los altavoces instalados en las mezquitas más cercanas del pueblo. Estoy sobre un tablón de un embarcadero a orillas del intenso azul del mar Egeo, en la península turca de Bodrum. Mi mullida tumbona de tela de toalla blanca y el embarcadero pertenecen al hotel Maçakizi, un pequeño establecimiento de la ciudad 0de Türkbükü. El sol importunaba la conversación en la que llevaba enfrascado desde hace unas horas. Trataba de cerrar un desproporcionado trato inmobiliario en nombre de Rotchsield –gran amigo de la familia como ya os comenté una vez–; al segundo, un sistema de toldos que se abren y se cierran eléctricamente da sombra al bar al aire libre, lugar donde, además, se da cita una fauna con admirable genética y un inglés de acento internacional. Nadie salvo servidor, parece fijarse en los paparazzi y sus objetivos telescópicos en una pequeña zodiac por fuera de las boyas que marcan la zona de baño. En estos momentos, los miembros de seguridad del hotel los están echando. Entre cada cláusula, sorbo un rosario de la tierra con parte del séquito de uno de los miembros de este cónclave empresarial a mis espaldas. Tras el cierre y un suculento aperitivo en la flotante fortaleza de Sheikh, subo con éste hasta el Hotel EV para saludar al arquitecto Eren Talu. En uno de estos ocho gigantescos cubos blancos que, en la distancia parecen una instalación de arte minimalista, y enla corta, nada que envidiar a un buen hotel europeo, nos sentamos los tres y comenzamos a hablar sobre el vasto litoral libre hasta ahora d emanchas de diesel y de rascacielos de hormigón. Sheikh, como buen primer ministro, comenzó a alabar la ingente cantidad de inversores de naciones petrolíferas como Rusia, Ucrania y Kazajistán y de los mercados emergentes de Dubai y Turquía quienes, en sus billonarias fortalezas acuáticas, han recorrido toda la costa mediterránea oriental, desde Turquía hasta Croacia, subiendo y bajando de aviones con talonarios abiertos en abanico en busca de un terreno en esta frontera tan fluida y fraguando hoteles de lujo, bares de vodka con baras acolchadas y piscinas sin bordes en lo alto de los acantilados. “Es nuestra propia Costa Azul”, comenta Talu. Por supuesto, más a mano, le respondo. Sin embargo, no es el Mediterráneo.
No abjuro del atractivo de los atolones de los Mares del Sur o del agitado remolino social de los petrodólares y los magnates post-comunistas, en absoluto. Sólo creo que poseen una clase de belleza tan explícita que apabulla a quien la contempla y la despoja de misterio. Dicho esto, y puestos a elegir paraísos personales, me quedo con el Mediterráneo. Con la serenidad que emana de las colinas rocosas del Peloponeso y de las calas escondidas de Ibiza; con la sobriedad de los cipreses toscanos; el silencio de los olivos de Corfú y el delicioso aroma de la lavanda y el romero en primavera; con el canto monótono de las cigarras y el aire ardiente en las siestas de Cefalonia; y con la reconfortante quietud de sus atardeceres rojos. Porque el secreto, la magia, el misterio, la sensualidad del Mediterráneo radica en su cultura. En la que se escribe con mayúsculas, pero también –y sobre todo–, en ese “arte de vivir”, de una simpleza tan sorprendente como exquisita, que los pueblos que lo habitan han forjado durante siglos. Hice del Mediterráneo el refugio al que volvía una y otra vez a ahogar mis penas o a celebrar mis éxitos, y el escenario donde viví historias de amor, encuentros y desencuentros, aventuras y hasta disputas familiares por perderme entre los dieciocho camarotes del Christina O. de Aristoteles y terminar frente a la chimenea de lapislázuli con una pícara adolescente. Era tan joven... Me paseé de la mano de una escultural Liz Taylor por las playas de Saint-Tropez, me bronceé en la Riviera Italiana, bebí cantidades ingentes de Campari –y aún continuo–, deambulé por las calles de Capri incluso después del lapidario “Capri, c´est fini” de Charles Aznavour, asistí a las fiestas de Aristóteles en cualquiera de las 5.000 islas griegas, acompañé a Sylvie Vartan y a mi madre en su enésimo días de compras por Via Venetto mientras Alain Delon se quedaba en el hotel con cara de malas pulgas. Mientras, mi tío hacía a Omar Sharif fundir parte de su fortuna en el casino de Montecarlo. Lo mejor de todo aquello era lo que se veía detrás del famoso/a en cuestión. Siempre en segundo plano, a veces un poco desenfocado, el Mediterráneo desvelaba en tímidos retazos una callejuela atestada de geranios, un acantilado de rocas blanquecinas o una colina abrasada por el sol. Luego las cosas fueron cambiando. Asenté mis cuarteles generales en exóticos paraísos lejanísimos que, de pronto, quedaban a tiro de piedra. Conclusión, ninguneé al Mediterráneo. Cambié el martini por los daiquirís y las olivas por los rambutanes. Y olvidé un poco la luz y la transparencia del aire cegado por esa belleza exagerada que entra por los ojos como un cañón y te deja con la boca abierta. Pero los últimos tiempos, he vuelto a poner los ojos en él. La Costa Amalfitana recupera su puesto como uno de los lugares más chic del mundo; en la Costa Azul y en la Capadocia turca se encuentran algunos de los spas más exquisitos y, de nuevo, es posible encontrarse con algún rostro famoso en los hoteles pequeños y acogedores de siempre, como Le Sireneuse. La dieta mediterránea, con siesta y copa de vino incluida, ha sido reconocida como una de las más saludables del planeta. De este nuevo impulso se benefician también un ramillete de colonias espléndidas, frescas y transparentes como el aire, que respnden a un patrón cultural común: todas tienen el Mediterráneo como punto de referencia, una historia que contar, un linaje aristocrático y un proceso de elaboración casi artesanal. Un estilo de vida, en comunión con los principios activos de las plantas, los frutos y las hierba de su geografía, que no se aprende; se practica. Simplemente. No hace falta un máster para exprimir hasta la última gota del placer de disfrutar de una cerveza helada en una terraza sombreada en Naussa (Paros) observando cómo los pescadores desembarcan en el muelle las maravillosas esponjas que acaban de sacar del mismo mar que tan difícil se lo puso a Odiseo. Es tan sencillo como aparcar el pasado, no pensar en el futuro y paladear ese momento, y el siguiente ya veremos, como si de una tostada de pan con aceite de oliva se tratase. Y un premio de mi parte, queridos lectores, para quien lo consiga, porque en esa sencillez, en esos momentos calmos, ahí es donde de verdad habita el lujo, el lujo auténtico, y no en el brillo más o menos cegador que desprenden los diamantes. March 28 55, rue Babylone. La subastaSentado en la sala del Grand Palais, la tensión se palpaba en el ambiente. Las palas, a modo de armas, estaban cargadas y listas para disparar nada más decir la cifra de salida. Ocho expertos se turnaron en la dirección de la subasta. Las más de noventa telefonistas no daban abasto, sus voces apenas se percibían entre los murmullos atronadores de la sala. Ante cada salida, el silencio, total, se rompía a continuación por una explosión de exclamaciones. Tantas alabanzas me recordó a cuando vi por primera vez La última cena de Leonardo con doce años. Los colores están empañados por los siglos, la expresión de los rostros, desfigurada, y la pintura resquebrajada; los cabellos son simples manchas y los ojos no tienen vida. La gente viene de todos los rincones del mundo para glorificar esta obra maestra. Se quedaban extasiados, conteniendo el aliento, boquiabiertos, y movían los labios sólo para proferir exclamaciones de deliquio:
- ¡Qué maravilloso! - ¡Qué expresión! - ¡Cuána gracia en los gestos! - ¡Cuánta dignidad! - ¡Qué dibujo más impecable! - ¡Qué colorido sin par! - ¡Una maravilla!
En serio, envidio a esas personas. Les envidio su sincera admiración si es sincera, su deleite si lo experimentan. No siento animosidad alguna contra ellos. Pero, al mismo tiempo, se me impone esta idea. ¿Cómo pueden ver lo que no es visible? ¿Qué pensaríais, mis queridos lectores, de quien contemplara una Cleopatra desdentada, calva, ciega, pecosa y dijera: “¡Qué belleza sin par! ¡Qué alma! ¡Qué expresión!”? Me fastidia oír hablar tan corrientemente de “expresión”, “sentimiento”, de “tono” y de otras cosas técnicas igualmente fáciles de adquirir a poco coste y que tanto relucen en una conversación sobre pintura. No hay un hombre entre siete mil quinientos, capaz de decirnos qué se propone expresar en un rostro. En el caso de la subasta, era de esperar pues son obras que llevaban largos años en manos privadas sin ser deleitadas por el resto.
Tras una hora de pujas, sale una de mis primeras adquisiciones, Instruments de Musique sur un Guéridon de Picasso, con una base de 25 millones. Ofrezco un poco más. El mazo está a punto de caer, y un hindú levanta la mano. Sube dos millones más. Hay conmoción peroŠofrezco otro más. Una de las telefonistas hace una señal al De Ricqlès y éste, sonriente, exclama que sube a 30 millones. La concurrencia se mira las caras. El hindú grita que suba otros dos. Yo uno. Esto iba de millón en millón. Parece que el subastador no está conforme y pregunta quién ofrece más. Los presentes nos miramos las caras. En la primera fila había una rubia con un moño bajo y medias de costura, acompañante de un hombre orondo y barbudo. Sólo bastó una mirada hipnótica de la mujer para que el hombre levantase la mano y se llevase el Picasso. Me pareció ver que el hindú iba a realizarle alguna llave de arte marcial pero desistió. Vuelve la calma. El siguiente, la obra de Don Luis María de Cistue y Martínez, de Goya, con el que apenas se insistió pues se lo llevó el Louvre. No hay dinero que valga cuando se interpone en tu camino un museo... De entre todos nosotros, sólo una persona no tenía ningún interés en las que joyas que se sucedían en la puja. Ni siquiera en un pequeño paisaje italaliano de Degas, su obra preferida. No se cómo pudo presenciar el desmantelamiento de una pasión artística construida durante cinco décadas junto a Yves. Impasible, sin mover un sólo músculo facial ante cada salida. Sólo dos obras se libraron del golpe del mazazo: una escultura africana, que fue la primera obra que adquirió la pareja; y un retrato de Yves realizado por Andy Warhol. De repente, sale un Matisse, no podía dejar escapar este tesoro vanguardista; luché lo indecible ante un turco de barba rala y mirada desafiante quien intentaba arrebatármelo de un golpe de talón. ¡Ja! No sabía con quién competía. Tras una sucesión de vituperios mentales y ojeadas torvas y centelleantes, con alguna presión de 50.000 euros en 50.000 euros, la obra Le Danseur ya tiene nuevo propietario. Gobierna tan bien esa pared vacía del comedor de mi villa amalfitana… March 10 55, rue Babylone. La casaLa tarde invernal se echa sobre París. Estoy sentado en un canapé de terciopelo envejecido de uno de esos afamados cafés tildados de literarios en el barrio de Saint-Germain. Todavía no consigo salir de mi estupor por los tres días que acabo de vivir; por los 733 tesoros que pasaron por delante de mis ojos y que sólo me pude apropiar de tres. Disculpad si imprimo velocidad a las frases. También lo hacía en la sala de la subasta del siglo, cuando debía levantar la pala para que no me quitasen un Picasso cuyo precio subía como la espuma, pasmosamente, a talón de millón de euros por puja. François de Ricqlès –subastador, vicepresidente de Christie´s y el artífice de organizar y dirigir la subasta de la colección privada de Yves Saint Laurent y Pierre Bergé– agarraba el mazo negro de madera de una forma extraña, por la pesa y no por el mango, entre lote y lote. Su nerviosismo se hacía patente con cada"¡vendido!", y no es de extrañar, por sus ojos y sus manos, pasaron 773 millones de euros en obras de arte. Con 733 mazazos, desperdigó los objetos de arte reunidos a lo largo de toda la vida por el modisto francés y su compañero y socio. Todos los de la sala, durante estos tres días, sólo estábamos pendiente de su martillo negro y su atiplada voz. Fue él quién convenció a Bergé para que su colección la subastara Christie´s. El furor desatado por la venta de esta colección privada, considerada una de las más importantes del mundo, me recordó en cierta manera a los cientos de personas que se congregan cada siete de enero a las puertas de los grandes centros comerciales. Es probable que el resultado sea algo similar a lo que ocurrió en estos tres días, pero estas "rebajas" tuvieron lugar en uno de los edificios más emblemáticos de la capital francesa, el Grand Palais. En lugar de colgar grandes carteles con descuentos, eran cientos de obras de arte de primer nivel, desde pinturas de antiguos maestros hasta grandes nombres del arte moderno, como Picasso, Matisse o Cézanne, pasando por los tesoros del mobiliario Art Decó. De hecho, las 900 plazas que Christie´s instaló en este enclave, se quedaron cortas –la casa británica colgó el cartel de "No hay entradas" hacía varias semanas–. Hubo gente recostada en la pared de la sala; en ciertos momentos el ambiente resultaba hasta asfixiante. Yukio, uno de mis amigos más allegados en el mundo del arte y de la restauración, me llamó hace casi un mes desesperado porque su avión se había roto y no encontraba ninguno que le pudiese acercar hasta la ciudad francesa. Y me colgó. Aquella llamada se produjo tres semanas antes de la subasta, y ya, por aquel momento, las compañías de jets privados estaban colapsadas- No supe más de él hasta el lunes 23 de febrero que le vi entrar en la sala, con su bolsa de viaje en mano, justo cuando subia al podío De Ricqlès. Basta decir, que tuvo que dormir conmigo en Le Meurice. Reservar una habitación en un hotel de lujo –e incluso de diseño pomposo–, era misión imposible, como comprobó el propio Yukio.
Tal vez os preguntéis porqué justo esta subasta generó tanta expectación. Calificado como genio de la aguja, Yves no sólo revolucionó el armario de vosotras, queridas lectoras, con prendas como el sempiterno esmoquin, también dejó huella en el mundo artístico con una vasta colección, reunida durante cinco décadas, con el que fue su compañero sentimental y empresarial, ambos coleccionistas compulsivos. Este fantástico museo, personal y particular, refleja un eclecticismo influenciado por alguno de sus mejores clientes, como la vizcondesa de Noailles, una de las principales mecenas artísticas en los años 60 y 70. Pisar su apartamento de la rue Babylone –una auténtica cueva de Alí Babá del siglo XXI– es quedarse mudo de asombro. ¿Cómo no hacerlo ante esta audaz mélange donde cohabitan y dialogan estilos, disciplinas, continentes, épocas…dispuestos en perfecta aromonía? Los salones abigarrados, con las paredes y los suelos repletos de cuadros, muebles, esculturas, tapices, orfebrería y miniaturas daban un buen ejemplo de ello. Incluso el jardín donde un sobresaliente torso romano del dios Apolo y un Minotauro dominaban el espacio. Desde una vasija griega, un esmalte de Limoges o de Venecia, una escultura africana, un mueble Art Decó, una pieza en bronce de Jean de Boulogne, un cuadro de Frans Hals, una acuarela de Cézanne, un óleo de Munch o Gauguin –la nómina de artistas de arte moderno es impresionante y la más grande en manos privadas–, un "ready-made" de Duchamp, cinco Mondrian, una escultura de Brancusi, varios Matisse, un móvil de Calder, hasta una copa de Augsburgo o un lienzo de Paul Klee, de Géricault o de Ingres; son sólo algunos de los ejemplos de las obras que me rodeaban el día que visité aquel hogar-museo en diciembre, preámbulo de la subasta. El estilo dominante del piso es el propio de la década de los veinte y treinta. En parte, esto se debe a su pasión por los muebles art decó, de los que reunieron una fascinante colección –en la subasta destacaron piezas como una butaca diseñada por Eileen Gray y un juego de sillas de Gustave Miklos– que se mezcla con acierto con mobiliario europeo como un juego de dieciocho sillas italianas de mediados del siglo XVIII procedentes del Palazzo Carrega-Cataldi. Aquel día algunos de los coleccionistas a los que la etiqueta VIP se les quedaría pequeña –recordad, queridos lectores, que sólo soy un mero aficionado entre aquellos 800 expertos– merodeaban por las estancias, y con los que tuve el placer de entablar conversación en las ferias de Basel y Fiac. En este deambular no podía creerme que aquellas piezas fuesen a salir a subasta. Apuntaba en mi Moleskine –es mi apéndice–, como un frenético, las obras por las que estaba dispuesto a pujar e incluso luchar; al menos tres de las seis que acapararon mi atención tenían que ser mias. Y a su vez me preguntaba por las verdaderas razones para que Pierre se desprendiese de los tesoros que había cultivado y que le habían rodeado toda su vida. Además de que De Ricqlès le convenciese, leí en su catálogo –de cinco tomos, 1.800 páginas y casi diez kilos de peso– días antes de presentarme al Grand Palais: "Si he tomado esta decisión de separarme de la totalidad de esta colección es porque, para mis ojos, después de la muerte de Yves, había perdido gran parte de su significado. Lo hago sin tristeza, ni nostalgia. He tenido la fortuna de vivir con todos esos objetos, muebles, esculturas y cuadros. Espero que todo aquello que hemos amado con tanta pasión encuentre su sitio en casa de otros coleccionistas". Un razonamiento con sentido y que hace de estas obras, fuera del mercado durante décadas, todavía más atractivas. March 01 Joyas hechas librosA pesar de tener la casa forrada de libros –o, probablemente, a causa de ello–, nunca me he considerado un bibliófilo. Salvo una remota edición de El ruido y la furia –Jonathan Cape & Harrison Smith, 1929– adquirido en el entusiasmo de una peregrinación a Oxford y primeras ediciones de valor sobrevenido –adquiridas hace mucho años y que el paso del tiempo ha convertido en tesoros que no aprecio–, siempre he considerado los libros como herramientas transitivas y funcionales. Procuro cuidarlos para que duren tanto como yo, pero no les saco brillo, ni los expongo tras una vitrina. Los abro al máximo que permite su sencilla y eficacísima arquitectura –detesto los que se publican fresados y no cosidos–, los subrayo sin piedad, me desahogo en sus márgenes –lo que escandaliza a algunos de mis amigos– y los atiborro de papelillos adhesivos para que me sea posible encontrar –pero nunca lo logro– pasajes que me han interesado particularmente. Por eso me resutla extraño contemplar esas impolutas bibliotecas en que los libros parecen tan vírgenes como cuando estaban intonsos; o incluso aparecen como motivos meramente decorativos, libros que se venden al peso con el único propósito de gobernar una pared blanca. Tampoco comprendo muy bien el pago de sumas exorbitantes por primeras ediciones modernas que carecen del valor añadido de primorosas encuadernaciones llevadas a cabo por artesanos semidivinos del pasado. Descubrí, por ejemplo, en el catálogo de la librería Sotheran´s, de Sackville Street, una primera edición de la primera novela de James Bond, Casino Royale, publicada por Jonathan Cape en 1953, y cuyo ejemplar es más valioso a causa de una dedicatoria autógrafa del autor a una amiga que le inspiró el personaje de Vesper Lynd, que en la ficción es la amante del agente. Ignoro el anticipo que Ian Fleming cobraría por ella, pero supongo que sería bastante menos de las 27.500 libras que me pidió el librero –o, más bien, joyero de libros–, a pesar de que el volumen presentaba “una pequeña mancha en la esquina inferior de las últimas 35 páginas”, qué pena. Pero puestos a comprar joyas británicas, ésta no podía faltar en mi biblioteca. |
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